EL DELINCUENTE

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El antiguo tenía algo de escolaridad. Solía abandonar los estudios a los 14 o 15 años. El nuevo, con suerte, llega al sexto grado de educación primaria. Tiende a ser problemático y, con frecuencia, se mete en líos: está buscando atención.

Se estrena robando, posiblemente, algún objeto de marca. Antes también era así. Pero convertirse en asesino significaba pasar a otro nivel. Hace un par de décadas los asesinos y ladrones estaban bien diferenciados entre sí. Únicamente se le arrebataba la vida a otro ser humano cuando se convertía en una amenaza. El asesinato era una “necesidad” producida por las circunstancias.

Ahora robar y asesinar van de la mano. Matar le da poder al delincuente, por eso lo hace sin ningún reparo y con saña. Mientras más cruel sea el asesinato, más “cartel” (prestigio dentro del mundo criminal) obtiene quien lo perpetra. Los delincuentes compiten entre ellos: sus trofeos son las vidas de otros.

Tanto los “malandros” de la vieja escuela, como los de la nueva están involucrados en negocios ilícitos: microtráfico de drogas, por ejemplo. Pero en el pasado las drogas, el secuestro y el sicariato no eran el único modo de subsistencia de los antisociales: quienes delinquían solían tener algún oficio extra, alguna actividad adicional que les generaba ingresos y que alternaban con sus fechorías. Ahora la única “profesión” de los delincuentes es ser delincuentes.

Después si caen presos pues no que mas que pedir a la delincuente mayor que lo transfiera a la prisión de “San Antonio” el la Isla de Margarita.

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